En algún capítulo de su Marianela, Benito Pérez Galdós hace referencia a “toda la chusma emparentada con la loca de la casa”. Tenía nueve años, a lo sumo diez, cuando leí esa frase por primera vez. Entonces supe de qué chusma estaba hablando, porque la loca de la casa… soy yo. Bienvenidos a mi locura doméstica.
"No luches contra la fuerza Burke...", decía Malena. Y tenía razón. Y no lucho.
Así que, a mi edad, casada, con dos hijos pequeños y a cargo de 10 divisiones de educación secundaria... le armé una página de Facebook a don Billy. Por aquí, adelante ustedes...
Esto es muy raro. Miren que me han gustado artistas... y me han gustado mucho. Los que me conocen de la adolescencia tardía saben que estuve años con una fijación enfermiza por el Luke Skywalker que interpretaba el bueno de Mark Hammil. Y cómo ha sufrido con eso el santo varón... pero nunca se me hubiera ocurrido armarle una página. Claro, excusas... lo que pasaba era que en esa época no existían los soportes virtuales que tenemos ahora. Yo descubrí Starwars muy tardíamente, allá por el '94, pero la internet abierta aún estaba en pañales... aunque hubiera querido, hubiese resultado imposible.
Después vino la época del Hornblower encarnado por don Ioan Gruffudd (me saco el sombrero...), y ahí tampoco, ché, nada de página. Pero estuve mucho tiempo implicada en un foro de discusión y elaboración de videos. Allí empecé con la manía por el Windows Movie Maker... Pero ¿administrar una página fangirl yo, en beneficio de este señor? ¡Ni soñando!
Bueno, pero entonces... ¿qué pasó ahora? ¿Cuál es la diferencia?
Me explico (estoy intentando racionalizar lo inexplicable, sí, ya me hago cargo, pero en fin... no voy a tener paz hasta que no lo intente...). Como ya saben, soy muy estudiosa de las cosas que me interesan. En cuanto caí en cuenta que Miles Matheson me estaba pudiendo, comencé a investigarlo a Billy. Y allí descubrí que era muy difícil encontrar fotos o información que fueran más alla de: a) su actividad más reciente (Revolution), b) Charlie Swan (fijación por las camisas a cuadritos... ufff).
Así lo conocemos todos, beh...
Inclusive su página oficial no se actualiza desde octubre de 2011. En el mismo Facebook, lo más elaborado que se puede encontrar es una página automática que nos vincula con el artículo correspondiente de la Wikipedia. Lo más completito con lo que nos cruzamos es la info que consta en imdb, mi referencia a la hora de buscar el material...
Y me dio no sé qué... vamos, uno googlea a don Ioan o a don Nikolaj y se le caen las fotos encima, prácticamente... me sentí en la necesidad de hacer mi pequeña contribución, para beneficio de las fans que puedan venir en adelante.
Seeeee, qué manera que tengo de racionalizar los desequilibrios hormonales... jaja!
Al que esté aburrido/a entonces, lo invito a darse una vueltita por allá... estamos en construcción, pero esa es la historia de mi vida. Después critiquen y opinen, si tienen ganas... es la primera vez que me embarco en algo semejante.
Por una vez, el vestuarista no te odia, Billy...
PD: esta fue la última contribución de ayer, el trabajo en Fringe... ver esto e irse a dormir es garantía de soñar lindo, jeje...
Mea culpa, lo sé, lo sé... dije que no iba a estudiarlo, lo dije... supuse que el próximo post iba a ser para el video de la Moza y el Matarreyes... pero el "morochismo", como en su momento la "rubiola", me ha podido... Y sí, le estuve estudiando la carrera a don Billy Burke. Qué remedio, yo soy así. Un verdadero desastre de fangirl.
Y en ese recorrido me encontré (mejor sería puntualizar que fue un reencuentro) con una serie a la que ya le había puesto el ojo, pero siempre dejaba para otra oportunidad: Rizzoli & Isles. Historia policial, que me gustan tanto como las de sci - fi y le hacen un buen contrapunto. Interesantísima: las aventuras de una detective de la policía de Boston, y una forense de la misma institución. Jane Rizzoli, la detective interpretada por Angie Harmon (ya la asociamos a estas lides por su trabajo en La Ley y el Orden), es una morocha de ascendencia italiana, con un carácter que se las trae y una familia haciendo juego. Toda una mujer de armas tomar, imposible que el tuco que me corre por las venas no se alborote con sólo verla (además, su mamá se parece muchísimo a la mía...). Su contrapunto es la rubia, eficiente y superlativamente inteligente Dra. Maura Isles, encarnada por Sasha Alexander. Una médica forense que, por su brillantez y sus a veces poco desarrolladas dotes sociales, nos trae de inmediato el recuerdo de Temperance Brennan (otra de mis grandes ídolas, si las hay...).
Entre ellas hay una amistad con mucha química, un complemento que funciona muy bien en pantalla. Ya con esto la serie es digna de ser vista de principio a fin. Si, vale que lo mencione desde ahora, estas dos muchachitas tienen toda una cohorte de shippers, el "team rizzles", de hecho para muchos son emblema de la comunidad lésbica. Puede ser que haya algo de eso, todavía no he visto tanto...
No he visto porque hice trampa. Sí, qué raro. Porque volví a este producto, ya se los aclaré, a través de mis investigaciones en la billiburkeósfera. De modo que lo primero que miré fueron los cuatro capítulos salteados (1ro y 8vo de la primera temporada, el último de la segunda y el primero de la tercera... y no vemos la hora que empiece la cuarta, a ver si tenemos más del morocho...) en que interviene don Billy. Esta vez encarna a un agente federal, Gabriel Dean, que colabora en las resolución de ciertos casos que interesan a su agencia... y de paso mantiene una relación bastante interesante con Rizzoli.
Gabriel es un dechado de paciencia... se merece el premio "remo", porque la morocha lo deja prácticamente "en el freezer" durante la mayoría del tiempo que dura la serie. Pero la química entre los dos es deliciosa. Me encantó verlos interactuar. De hecho, me gustó tanto que los he declarado mis "morochos de cabecera", y aquí va video al respecto...
Sé que la elección musical puede parecer ciertamente desafortunada, pero dénle una oportunidad... la letra, a primera vista, es un poco superficial, pero si le damos una segunda lectura... bueno, si lo hacemos teniendo en cuenta el serpenteante romance de los personajes... digamos que cuadra bastante. Aquí les va...
Ya, esta vez sí, el próximo video tiene que ir de rubiola...
Postular que las situaciones límite son catalizadores que
hacen aflorar lo mejor y lo peor de la condición humana ya es un lugar común. Sin
embargo, no por repetida la frase se torna menos cierta. Y en el caso de la
serie que hoy pongo a consideración de ustedes, resulta absolutamente
pertinente.
Revolution es un
producto de la cadena NBC, estrenado durante el 2012. Para quien guste de
conocer sus detalles técnico – profesionales (dirección, reparto completo,
producción, etc.), les dejo aquí algunos enlaces (me da no se qué redundar en
algo cuando ya ha sido tan bien explicado en otras partes).
Es ciencia ficción, y se ambienta en un futuro alternativo
muy cercano, en el cual la humanidad se ve súbitamente despojada de uno de los
elementos que, en nuestra sociedad industrial, se ha convertido en vertebrador
de prácticamente todo proceso, tanto doméstico como productivo: la energía
eléctrica. Pero en todas sus variantes: no se trata simplemente que ya no
operen los grandes generadores, sino que de un momento al otro, inclusive la
más modesta pila ha dejado de funcionar. Cualquier proceso capaz de generar
electricidad, incluyendo el correspondiente a las baterías de los automotores, ha
quedado inutilizado. Simplemente ya no funciona. El mundo “se apagó”.
Gravísimo inconveniente, dado que dependemos de este
suministro para absolutamente cualquier cosa. Pongámonos a pensar. En nuestras
grandes urbes, la cadena de frío es indispensable no sólo para mantener los
alimentos sino también en el ámbito farmacéutico. La producción fabril tal y
como se realiza en nuestra sociedad, se alimenta de energía. Somos una
población sencillamente demasiado numerosa para sostenernos con una economía
artesanal propia del período preindustrial. De repente, los recursos son
escasísimos para un conjunto humano que se encontraba en permanente expansión.
Y de allí a que nos situemos en un escenario digno de
Hobbes, hay un solo paso. La ley del más fuerte, del “sálvese quien pueda”,
comienza a operar prácticamente de inmediato. Millones de seres humanos
compiten para apropiarse de la mayor cantidad posible de elementos necesarios
para la subsistencia. Quienes hasta ayer eran simpáticos vecinos, se
transforman en potenciales competidores por el simple alimento. Por lo tanto, y
en defensa de nuestras propias familias, deben ser eliminados. Así de crudo es
el futuro en un mundo donde falta la energía y donde el orden establecido ha
colapsado.
Pero la acción de Revolution no se sitúa centralmente en “el
día después” del apagón mundial, si bien hace permanentes flashbacks a ese
período para permitirnos comprender mejor la trama y a los protagonistas. Los
hechos se desarrollan unos quince años después.
Les cuento lo mínimo indispensable para situarlos en el
inicio del drama: Ben Matheson es uno de los pocos científicos que,
aparentemente, puede tener cierta idea de las causas de la catástrofe. Luego que
esta se produjo, huyó con su familia al campo y, años más tarde, vive en una
pequeña comunidad en compañía de sus dos hijos: Charlie, una joven cerca de la
veintena, y Danny, muchachito pocos años menor. Cierto día, las fuerzas de la “Milicia”,
suerte de organismo paramilitar que, aparentemente, se encarga de “mantener el orden”
haciendo gala de brutalidad y abuso de poder, irrumpen en la aldea decididos a
llevarse a Ben. Sirven al “Presidente”, General Sebastian Monroe, un dictador
que ha sentado su poder sobre gran parte de la costa este de lo que otrora
fueran los Estados Unidos. Monroe supone que Ben sabe lo suficiente para
restablecer el suministro eléctrico y darle, de esa manera, la ventaja que
necesita para imponerse a los demás gobiernos que han surgido en el territorio
norteamericano. Ben no quiere saber nada con ayudar a semejante tirano, pero
las circunstancias lo obligan a ceder. Cuando están por llevárselo, Danny sale
en su defensa. Se produce un altercado del cual Ben sale gravemente herido y la
Milicia acaba tomando a Danny en su lugar. El científico, antes de expirar en
brazos de su hija, le dice que debe rescatar a su hermano y que el único que
puede ayudarla es su tío, Miles Matheson, quien vive en Chicago. Y allí
comienza la acción: Charlie, en compañía de otros dos miembros de la comunidad
muy cercanos, Aaron y Maggie, emprende la búsqueda de este misterioso tío, al
cual no ha visto desde antes del apagón y prácticamente no recuerda. Ya en el
primer capítulo logra que, a regañadientes, se sume a su búsqueda y se comprometa
en el rescate de su sobrino.
Ben y Danny Matheson y el motor dramático de esta historia
Las cosas, obviamente, son mucho más complicadas de lo que
esta brevísimo comentario puede expresar. ¿Quién es Miles? ¿Por qué Ben lo ha
mantenido al margen de su familia durante tanto tiempo? ¿Por qué encarga que se
recurra a él en este momento de necesidad? ¿Qué causó el apagón? ¿Qué intereses
creados están detrás de todo este problema? ¿Dónde están los responsables? A lo
largo de los veinte capítulos que dura la temporada (aclaro que voy por el
número 13… pero no aguantaba más las ganas de contarles sobre esto…) los
enigmas se van aclarando… sólo en parte.
Miles Matheson y su sobrina Charlie
¿Qué me resultó atractivo en esta propuesta? Como forma de
diversificar mis intereses en una época que parecía estar dominada por Game of Thrones y su mundo fantástico
medieval, y de forma puramente casual, di en televisión con un capítulo suelto.
Lo miré. Y el gancho fue que de todos los niveles de lectura que se le pueden
dar a esta serie (y no son pocos) hay uno medular, desde mi punto de vista: se
trata de un drama familiar. Podemos enfocar y entender toda la acción como una
gran reflexión acerca de preguntas tales como qué estamos dispuestos a hacer
por nuestros familiares, cuáles son los sacrificios que seríamos capaces de
realizar en pos de su bienestar, y cuáles son los límites que tenemos al
respecto. Más central aún, la serie se trata de cómo definimos “familia”. Quiénes
la constituyen. ¿Es la sangre, el ADN el que traza los lazos y las fronteras
familiares? ¿O hay otras cosas? Los peligros compartidos, los dolores comunes,
los sueños y las esperanzas, la solidaridad, la misericordia, la compasión… ¿no
son también forjadores de nexos que merecen ser considerados desde la óptica de
la familia? La forma en que una crisis global afecta la definición de este tipo
de vínculos es, para mí, algo sumamente interesante. En ese capítulo salteado
con el que me introduje en este universo, dicho tema era esencial. Y fue
suficiente para hacerme ir volando a bajar la serie desde el piloto en
adelante.
Hay otros dos factores que la hacen muy digna de ser vista.
El primero, la profundidad de los personajes. Si bien hay
algunos que son decididamente más “claros” o “buenos” que otros, ninguno es
plano. Todos tienen motivaciones intensas para hacer lo que hacen. Y esto es
particularmente cierto para los “malos de la película”. Tanto el general Monroe
como uno de sus principales lugartenientes, Tom Neville, se nos presentan como
seres complejos, movidos por ideales que, en su momento, pueden haber parecido
loables pero que se han ido desvirtuando, han ido cayendo en la corrupción. Si bien
en un principio pueden parecernos el epítome de la maldad, cuando la narración
avanza y en sucesivos flashbacks se nos va revelando su pasado, llegamos a
comprenderlos, aunque no podamos justificarlos.
El capitán Neville, villano magistralmente interpretado por Giancarlo Espósito
Inclusive (o mejor dicho, precisamente) Miles Matheson, uno
de los personajes centrales, es un héroe “oscuro”, con un pasado cuestionable,
con una escala de valores aparentemente individualista que entra en crisis
cuando se reencuentra con su sobrina Charlie. Es un hombre tensionado por
varios intereses que se entrecruzan, que ha puesto en duda sus propios ideales
y que ha llegado al punto en el cual tiene que tomar una decisión vital fundamental:
qué tipo de persona quiere ser. Y se enfrenta a ese dilema con una tremenda
carga sobre sus espaldas: ha sido precisamente él quien creó y entrenó a la
Milicia del general Monroe, en los tiempos en que no sólo era su segundo al
mando, sino su mejor amigo. La llegada de Charlie lo obligará a enfrentarse con
sus propias ambigüedades, y a retomar el camino de construcción de su propia
persona.
Billy Burke nos hace creíble al "héroe oscuro"
El segundo, el planteo que se hace del “enemigo”. Si bien es
un producto norteamericano, no me pareció la “típica serie yanqui”, simplemente
porque deja muy en claro que, en caso de catástrofe, el enemigo de los
estadounidenses no hay que buscarlo muy lejos. No son los rusos, no son los
terroristas orientales, no son los alemanes, no son los latinos… son ellos
mismos. Son su sociedad de consumo, la incapacidad de las grandes mayorías para
trabajar en verdaderos equipos, la primacía de la cultura de la competencia por
sobre la cultura de la cooperación, los males que llevarían al colapso
civilizatorio en caso de un escenario dantesco. Algo que se aplica
prácticamente a toda nuestra sociedad occidental, no sólo al país del norte,
mal que nos pese a los que vivimos al sur de la frontera mexicana. Y en esta
ficción, precisamente, los únicos que tiene chance de hacerle frente al poder
dictatorial de Monroe son los que superan esos límites y se ponen a trabajar
codo a codo, los que priorizan el bien común por sobre el beneficio personal,
los que anteponen el grupo a la comodidad del individuo. Y a mi mentalidad de
intelectual centro – izquierda, esto le resulta sumamente reconfortante.
Como decía Borges, "no nos une el amor, sino el espanto"
Estemmmm… ¿dije dos factores? Ups, perdón… son tres. Pero
aclaro que aquí se terminó el comentario serio. Estamos adentrándonos en zona
fangirl, así que los que no estén interesados, terminen acá el recorrido y nos
vemos en el próximo artículo.
El que siga leyendo, que no diga que no le avisé.
Bueno, el tercero. ¿Cómo lo digo? Ustedes ya saben que me
gustan los morochos “de rara belleza”, es decir los que canónicamente no
diríamos que son lindos. Sumémosle puntos si andan por la cuarentena. Sumémosle
más si pasan del metro ochenta y cinco, si ya tienen algunas canas, si
alrededor de los ojos se les notan unas discretas líneas de expresión. Ni les
digo si tienen una mirada al mismo tiempo triste y sensual. Más todavía si
acusan un pasado cuestionable, si son complejos y con un carácter difícil pero
no exento de una ternura ciertamente torpe.
En fin… el Miles Matheson que le debemos a Billy Burke reúne
todas esas características. Y esta vez, la fangirl tuvo el sí tan fácil… sólo
me resistí “heroicamente” hasta el final del capítulo tres.
No es lindo en el sentido tradicional, desde ya que no. ¡Pero
está fuertísimo, que no es lo mismo! Tiene esa mirada tan especial que logro
aflojarme el nudo en el estómago que me había dejado la Boda Roja… y eso es
decir muchísimo.
Aclaro, como siempre, que quien me enamora es el personaje,
no el actor. O, mejor dicho, la manera en que este actor en particular le da
vida al personaje. Por eso, me propuse “no investigarlo a Billy Burke, porque
el que me gusta a mí es Miles…” Pero, como era de esperar, fracasé
estrepitosamente. Soy una fanática estudiosa y aplicada, qué le vamos a hacer. Así
que, en primer lugar, le averigüé la fecha de nacimiento, para corroborar que
es diez años mayor que yo y que, por días, no es escorpiano (aunque sus ojos
declaran otra cosa). Les aseguro que sólo quería sacarme esa duda. Pero en el
ínterin, vengo a enterarme que lo conocía de otra parte.
Sí, me sonaba de algún lado, y creí que lo encontraba
parecido a algún artista de mi país. Con lo cual mi sorpresa fue MAYÚSCULA
cuando me encontré con que había interpretado nada más y nada menos que a
Charlie Swan, el padre de Bella, el único personaje que parecía tener la cabeza
en su lugar de toda la saga Crepúsculo. Como dijo Amiga del Alma: ¡lo que puede
hacer un bigote! Díganme si no parece otra persona…
Y en fin, siguió la lista. Como siempre, lo había visto en
un montón de lados sin reparar en él. Por ejemplo, en Brigada 49, la película del equipo de bomberos irlandeses y
católicos protagonizada por John Travolta y Joaquín Phoenix (de la época en que
le seguía la carrera a éste último). Evidentemente, voy a tener que verla de
nuevo… lo que no voy a ver de nuevo es Crepúsculo, por más que aparezca Billy
con su bigotazo (por cierto, me gusta más sin este, o mejor todavía, que se
deje también la barba… uy, ya empecé con las demandas, no tengo remedio alguno…)
Y otra cosita… este chongo fílmico viene con bonus track…
literalmente, porque don Billy además de actuar, canta… y bastante bien, por
cierto. Les dejo para que lo escuchen… yo no he podido dejar de tararearla
mentalmente durante los últimos dos días…
Leyendo las reseñas de Malena sobre el capítulo 7 de la 3ra
temporada de Juego de Tronos, caigo en cuenta que tengo mucho para opinar.
Demasiado, pero sólo sobre las tres escenas que he visto hasta ahora. Las tres
escenas que, no podía ser de otra manera, están dedicadas al arco temático de
Jaime y Brienne.
No voy a hacer una reseña, para eso les recomiendo la
general que hace Male sobre todo el capítulo, y la que se refiere en particular al blondie team. También pásense por lo de la Dama, que no se van a arrepentir.
Por mi parte, esto es simplemente una confesión.
Tengo los sentimientos desbordados. Absolutamente
desbordados. Estoy perdidamente enamorada de esta muchachita, del león manco y
de la pareja que forman los dos. Y hace muchos años que no me pasaba.
¡Los adoro sin condiciones! Y no es cosa de la serie… me
pasa desde que leí los libros, sólo que ver todo lo que imaginaba proyectado en
una pantalla ha potenciado mi reacción.
Tanto es así que no me han importado demasiado los cambios
que, sobre todo en la escena del Osito de Harrenhal, se han notado entre la
versión literaria y la televisiva. Acepto las tres escenas como un todo, y debo
estar en una condición tan lamentable que no puedo hacer crítica alguna. El
enamoramiento ha sido inversamente proporcional a mi capacidad de mirar este
episodio con objetividad.
Pero comencemos por el principio.
Escena uno. Jaime va a despedirse de Brienne, antes de
abandonar Harrenhall. Señores, yo podía escuchar los violines de fondo en esa
conversación. Sí, ya lo sé, es consecuencia de mi rosadísima imaginación. Pero
todos los sentimientos que transmiten esos dos monumentales genios de la
actuación que son Gwendoline Christie y Nikolaj Coster – Waldau, solamente con
la mirada, son innegables. Y la forma en que él traga en seco cuando se escucha
llamar “Ser Jaime” y no “Matarreyes”… ay, yo sé que en la versión libro el León
no siente nada por ella a esas alturas (ni siquiera tenemos escena de la
despedida), pero la versión tele es otra cosa, y yo casi diría que, literalmente,
lo escuché pensar “Moza… ¡te quiero, Moza!”
Ya, soy una exagerada, eso es lo que pensé yo en ese
momento. Que los quería, a los dos, y con toda el alma. Que no entiendo cómo
puede haber hombre que no sucumba ante la moza, y que a mí ese niño me tiene
absolutamente empaquetada.
Él le pregunta cómo puede pagar la deuda que tiene contraída
con ella. “¿Cuál es la deuda?”, se pregunta Male, por ejemplo, y muchos otros
seguro que también. No sé, pero para mí se refiere al haberle dado, rudamente,
la fortaleza necesaria para no dejarse morir, en esa escena que tanta polvareda
levantó con aquello de “lloras como una maldita mujer”.
Momento número dos. Curaciones
en el camino. Jaime y el ex maestre Qyburn conversan mientras éste le
revisa y cura el muñón de la mano derecha. El León se espanta al comprobar que
su médico ha hecho experimentos con moribundos, para comprender mejor las
enfermedades y poder sanarlas. “El fin justifica los medios”, le faltó decir al
curador. Nuestro muchacho le recrimina que, seguramente, practicó con pobres
diablos, aquellos que no tenían a nadie que reclamara por ellos… Y cómo me
gustó que le aflorara el costado social. No puedo con mi genio, me gustan los
hombres que se juegan por una causa. Herencia materna, debe ser… Así que
imagínense mi estado de gloria cuando, frente a la pregunta malintencionada de
Qyburn acerca de “¿Cuántos hombres habéis salvado vos?”, este hermoso varón le
contestara “A medio millón… toda la población de Desembarco del Rey”. ¡Sí, mi
héroe del pueblo! Me encanta que se asuma desde ese lugar, que se anime a
quitarse el sambenito de Matarreyes y pueda perfilarse como quien actuó en
beneficio del bien común. Me imagino que lo han hecho porque habrán anticipado,
con gran tino, que muchos televidentes no le iban a creer lo declarado en la
tina de Harrenhal (como efectivamente ocurrió, ya que una interesante cantidad
pensó que la confesión era, en realidad, una artimaña para engañar a la rubia
grandota). Pero a mí me sonó a liberación, a nuevo ánimo luego de haber
confesado frente a alguien que pudo entenderlo. Jaime se quitó un peso de
encima hablando con Bri. Y esta escena la sentí como un “Piensa lo que quieras.
Dime Matarreyes, si te apetece. Lo único que importa es que para ella
soy Ser Jaime”.
Y, hablando de ella, nuestro muchacho se entera del destino
que le espera en manos de Locke (¡Desgraciado!) y su caterva de inadaptados.
Ilusionado con los zafiros, el energúmeno no se conforma con el subido rescate
que Lord Selwyn ha ofrecido por su enorme hija, y es evidente que va a intentar
“cobrarse” en especies, cosa que anteriormente Jaime había evitado recurriendo
a la mentira de las piedritas preciosas y azules. Al caballero mancado se le
demuda el rostro: es la imagen viva de la desesperación. Pero actúa con
celeridad, recurre a esa labia que lo caracteriza (y a hacer notar lo poderoso
que es su papi, ay nene, como si eso no te hubiera salido caro antes…) y
consigue que toda la tropa de norteños al mando de Walton Patas de Acero (del
cual sabemos el nombre porque lo leímos, no porque en la serie nos lo hayan
presentado) lo siga, reventando caballos, de regreso a Harrenhal… donde “se
había dejado algo”. AMO ESA FRASE. Y me gustó lo que nos dieron a cambio del “sueño”:
un hombre plenamente consciente del peligro en que se encuentra alguien que le
interesa y que, al caer en cuenta de ello, decide correr los riesgos que sean
necesarios con tal de poner a salvo a quien considera su responsabilidad
(porque, me parece claro, a Jaime no se le escapa que la Doncella está en esa posición,
en parte, porque su captor quiere vengar en ella la burla de los zafiros).
La escena tres no tiene desperdicio. Faltan cosas, sí. Falta
Vargo – Locke con la oreja comida por la Moza. Falta Jaime revoleando la
quijada de un bicho contra el osito. Faltan los norteños en pleno atinándole a
la susodicha bestia hasta matarla. Agradezco que no hayan “acecinado a zu ozo”,
y que simplemente lo hayan distraído lo suficiente para que la Moza y el Manco
pudieran escapar del foso, pobre osito, siempre me pareció que pagaba la cuenta
sin comerla ni beberla.
Pero lo importante es lo que sí está. Sí está la imperdible
cara de preocupación de Jaime. Su indignación cuando descubre que a Brienne la
han arrojado sin más arma que una espada de entrenamiento. Su enfrentamiento
verbal con Locke que, si bien no es el del libro, me gustó mucho. No me molestó
para nada que el despreciable “norteño” le hiciera notar que no todo lo que
quiere un hombre humilde es oro, que ver humillados, a su vez, a los poderosos,
también puede ser una forma de satisfacción. Igual, Locke no me vende su
versito, no es ningún luchador social. No es Berenguer Oller, ni nada que se le
parezca.
Estuve anticipando como una semana que, cuando viera saltar
al Manco al rescate, sin ninguna seguridad de salir vivo de esa, yo iba a
quedar a punto de soponcio. Y así fue. Es verdad, la escena es demasiado
rápida, pero como mi corazón se había desbocado a la par, casi no me di cuenta
hasta que terminó. Para mí, fue sublime. No sé si me la había imaginado así
cuando la leí, creo que no exactamente, pero lo que han armado fue genial. Todo
lo que expresan, todo lo que transmiten esos escasos segundos en el foso de
Harrenhal, por lo menos a esta servidora, resulta muy difícil traducirlo en
palabras. Es una escena para vivirla, no para contarla. Y digo vivirla, no
verla, porque yo sentí que estaba ahí adentro, con mis dos rubios queridos,
peleándole mano a mano al animal.
Lo que vino después se mantuvo a la altura. Jaime birlándole
la Moza a Locke delante de sus propias narices, y encima dándose el gustazo de
zaherirlo con la referencia a los malhadados zafiros… (respiraste, León, esa
broma fue de puro alivio… ya creías que el chistecito te había salido carísimo…);
y la mirada de Brienne que, salvo los escasos momentos en que se dedica a
traspasar al pseudo – Vargo con esos ojos asesinos, no se aparta de su héroe
salvador. ¡Sí, dije de su héroe salvador! Los “ojos de un azul increíble” de la
Moza transmitía el temor apenas reprimido, la sorpresa frente al inesperado
aliado, la indignación en vistas de la afrenta recibida y, también, la gratitud
profunda ante una quijotada que salió bien. Brienne no es una dama
convencional, hizo lo posible por defenderse sola, pero es una dama al fin, y
como tal fue rescatada. Jaime no es el caballero de manual, pero en este
episodio puso en juego la “proeza” que, según todos los medievalistas, es el
meollo de la ética caballeresca.Y como
yo tengo corazón de medievalista, esta cosas me pueden. Y soy una mujer
moderna, pero si un muchacho en franca desventaja sale a defenderme frente a
los ataques de un poder mucho mayor que el mío, se gana mi corazón con moño y
todo. Yo, que siempre tuve que rescatarme solita de todos los peligros, me
conmuevo frente a semejante perspectiva.
Ya, Brienne es al mismo tiempo caballero y dama. Rescatador
y alma en peligro. Y lo mismo vale para Jaime. Pero esa es, precisamente, la
belleza intrínseca de esta dupla: su permanente ida y vuelta, su ciclar entre
las posiciones de salvador y salvado. Eso es lo que los vuelve tan actuales, lo
que nos conmueve tanto, creo yo, de su dinámica. Que están en un pie de
igualdad. Que han quedado mano a mano, otra vez. Y ojalá que sea desde esa
perspectiva que, tanto la serie como los libros que le quedan por escribir a
don Georgie, nos muestren la evolución de esta tan extraña como entrañable pareja.
No soy afecta al género de terror. Ni en el cine, ni en
libros. Salvo algún que otro clásico, y por lo general relacionado con
vampiros, el terror no es lo mío. Por lo tanto, a todos los que me conocen les
resultaba por demás extraño que anduviera dando la lata con la película Mamá,
dirigida por Andrés Muschietti, bajo el padrinazgo de Guillermo del Toro,
palabra autorizada en estas lides.
Los que me conocen aún mejor, comenzaron a mirar el reparto.
Y sí, porque la única explicación lógica para tanta alharaca
era que trabajara alguno de mis chongos fílmicos. Como dijo el amigo que me la
consiguió (porque por hacer de enfermerita no pude ir a verla al cine…) había
estado intrigado hasta que chusmeando los créditos vio que figuraba “Jaime
Lannister”, digo Nikolaj Coster – Waldau.
(En el fondo, la culpa de todo la tiene este mismo amigo,
que fue quien me regaló para mi último cumpleaños el primer tomo de Canción de
Hielo y Fuego, desatando la pelota que vino después. Así que se la tenía que
aguantar, conseguirme la película y, en un colmo de benevolencia, mirarla
conmigo. A eso le llamo yo un amigo de fierro…)
Qué bien venimos, Guivi. Hace una semana, te fuiste al cine
a ver una de Tom Cruise por los cinco roñosos minutos que tenía don Nicolás.
Ahora te soportaste una de terror nada más que por verlo a él de protagonista…
estamos gravísimas.
Pero, la verdad sea dicha, estoy gratamente sorprendida.
Vale la pena mirar Mamá, incluso si no eres fanático del cine de terror.
Incluso si no estás loca/o por don Nico. Está tan bien filmada, y tan sólidamente
actuada (aunque el argumento, según algunos, tenga sus lagunitas y, según
otros, sea bastante trillado…) que merece ser tenida en cuenta como una joyita.
A lo mejor hay muchas otras pelis del género que abordan la temática, pero como
habitualmente no las veo, esta me supo muy bien.
Brevísima sinopsis del argumento, porque quiero que la vean
y no se las voy a quemar (o spoilear, como se dice ahora…)
Jeffrey, empresario en quiebra y desesperado, huye al bosque
con sus dos pequeñas hijas, Victoria y Lilly. De su esposa nada se nos dice,
pero se nos deja sospechar que acaba de asesinarla. En una aislada cabaña, en
medio de su propia desolación, intenta medidas a tono con su desesperación…
pero una fuerza sobrenatural se lo impide y se hace cargo de las niñas.
Cinco años más tarde, éstas son encontradas en estado
salvaje, gracias a la búsqueda ininterrumpida que había orquestado su tío
Lucas, hermano de Jeff.El tío y su
novia, Annabel, se hacen cargo de las chicas y comienzan el largo recorrido que
implica acostumbrarlas nuevamente a vivir en sociedad. Periplo que ya de por sí
hubiera sido difícil… más todavía se complica porque las niñas no han vuelto
solas. Mamá las acompaña…
¿Y quién es esta Mamá? ¿Un producto de sus imaginaciones
combinadas, que les permitía sentirse seguras en medio del abandono que
debieron sufrir? ¿O un ente sobrenatural, un fantasma? Y de ser así ¿por qué ha
decidido cuidarlas? ¿Aceptará buenamente que nuevos cuidados y cariños vengan a
competir con el suyo? ¿O decidirá luchar por el amor de sus “hijas”?
En torno de ese drama se desarrolla la película, a la que no
le falta nada. Ni el terror psicológico, ni las luces que parpadean, ni los
espectros que se esconden en los armarios o bajo las camas, ni los insectos que
presagian la llegada de lo sobrenatural, ni la niña que ríe y juega con algo
que nosotros no vemos, pero nos da escalofríos, ni los ataques perpetrados por
el fantasma contra sus oponentes vivos, ni el investigador que intenta
encontrarle una explicación al caso y, de paso, abonar su gloria personal como
científico, ni los sueños que revelan historias, ni las búsquedas en plena
oscuridad. Nada, es una película de género por demás completa.
En lo que sí voy a detenerme, es en las actuaciones. Punto
por punto.
1) Jessica Chastain interpretando a Annabel. Sólida,
creíble, un personaje construido en titanio. Una rockera devenida en madre
sustituta que, incluso a pesar suyo, comienza a tomarle cariño a las nenas y es
capaz de jugarse por ellas. En la escena final, para mí, Annabel es la heroína
de la noche. Este personaje sostiene muy bien el mensaje que parir no es lo que
te convierte en madre, sino amar más allá de toda entrega, pero sin aprisionar.
2) Megan Charpentier, interpretando a Victoria, la mayor de
las niñas. Expresiva, decidida, increíblemente adulta para su corta edad, se
mete en la piel del personaje al que le toca la parte más difícil: la hermana
que conoce los dos mundos, el de la sociedad y el de la cabaña, la chica que
camina por el borde de la realidad, la que ve los dos lados del espejo… (la Guivi se
identificó muchísimo con esta nena, jeje…), y a la cual, por lo tanto, le
cuesta mucho más tener que elegir entre ellos.
3) Isabelle Nélisse le pone cuerpo y corazón a Lilly. ¿Qué decir
de esta pequeña gigante? ¡Es megaincreíble! ¡Es maravillosa! Desde ya me
propongo seguir su carrera, porque le auguro un gran futuro a esta niña actriz
impresionante. Desde el manejo de su cuerpo, en un personaje que exige
muchísima presencia física porque básicamente se expresa a través de posturas y
gestos, hasta sus expresiones, que dicen mucho más que un torrente de palabras.
Interpreta magistralmente a esa pequeña salvaje que a la única madre que conoce
es a la fantasma… y tiene una escena con Annabel, en la cual comienza resistiéndose
y termina dejándose arrullar, que es pura poesía acerca de cómo el amor y el
buen trato pueden desenterrar en nosotros la humanidad más hondamente oculta.
4) Y lo dejé para lo último, sí, porque quería hacer un
análisis serio de los demás personajes y poner de relieve todos sus méritos, y
si hablaba antes de don Nico me iba a desviar inevitablemente para el lado de
la fangirl o, lo que es lo mismo, para el lado de la chacota. Nikolaj Coster –
Waldau interpreta el doble personaje de Jeffrey y Lucas. Con la solidez de
siempre.
Primero lo vemos en su rol del hermano desesperado, propenso al
suicidio y con momentos de delirio, y es impresionante. Siempre me produce un
poco de recelo cuando a un actor que me gusta le toca llorar (me acuerdo de lo
mal que llora el hermoso de Clive Owen, por ejemplo, y me siento pésimo...
porque más allá de eso me fascina su actuación), ¡pero don Nicolás llora
divinamente! Sin estridencias, transmitiendo tanto sentimiento que se te parte
el corazón. (Por cierto, en la foto que acompaña este párrafo es imposible no acordarse de John Amsterdam, ¿no les parece?)
Y luego, nos deleitamos con Lucas. Es reconfortante para el
alma ver a nuestro Matarreyes de siempre en un papel donde su relación con la
gente menuda es fluida y tierna. El vínculo que establece con Victoria, la
sobrina mayor que inmediatamente lo llama “papá”, por el parecido físico
evidente que tiene con el fallecido, es de una dulzura infinita. Y esa sonrisa…
qué bien le queda a don Nico la sonrisa sincera, sin segundas intenciones, sin
el propósito irónico que le vemos en otros papeles. Qué lindo es Nik cuando
sonríe… ven, ya les dije, ¡no me pidan objetividad cuando hablo de este
bombonazo, jajaja! En definitiva, Lucas está limpiamente interpretado,
transmite sentimientos sin tropiezos, nos muestra sus cambios de perspectiva
con fluidez, nos permite vivenciar el compromiso asumido por ese tío en cuanto
al bienestar de sus niñas. Es absolutamente creíble.
De modo que mi recomendación es… no se la pierdan, tiene
mucho a su favor. Si son como yo, reacios al género terrorífico, denle una
oportunidad a esta Mamá. No creo que se arrepientan.
Me encuentro en estado de “sleep deprivation”, cosa que
habitualmente me pasa cuando voy al cine con Amiguita del alma y nos desvelamos
conversando como hasta las cinco de la madrugada, sin tener en cuenta que, al
día siguiente, un pequeñito de tres años me despertará a las ocho de la mañana
a más tardar, porque necesita que se le prepare el desayuno.
Pero, como decía mi abuela, “calavera no chilla” y, la
verdad, me siento como si tuviera 17 otra vez (aunque sin la carga de angustia
que padecía, efectivamente, a esa edad).
Fuimos al cine a ver Oblivion,
la tierra del olvido. Y fuimos con todos los recaudos del caso, es decir,
prevenidas sobre los desastres que últimamente suelen hacerse en lo que a
ciencia ficción se trata, conscientes que íbamos a someternos a una sobrecarga
importante de Ton Cruise (actor que a ninguna de nosotras nos moviliza un pelo
en absoluto…), pero con la esperanza que la actuación del gran Morgan Freeman
equilibrara la balanza. La actuación de Freeman, y la de Nikolaj Coster –
Waldau, por supuesto… desde ya les cuento: aparece en cuatro o cinco escenas, a
lo más… no debe totalizar más de cinco minutos de pantalla, pero esos cinco
minutos valen con creces el precio de la entrada (si eres fan de este pedazo de
bombón, obviamente).
Brevísima sinopsis, antes de pasar a lo nuestro (jejeje…)
La acción se sitúa en el año 2077. Nos enteramos que, en un
pasado cercano, la Tierra fue amenazada por una raza extraterrestre que, en su
afán de dominio, destruyó la Luna. Luego, aprovechó los cataclismos ocasionados
por ese desastre para proceder a la invasión del planeta. Una mermada humanidad
echó mano del típico “último recurso” que el género sci-fi reserva a estas
cuestiones: las armas nucleares. De ello resultó una invasión abortada, un
planeta inhabitable y los humanos supervivientes trasladados para vivir en
Titán, una de las lunas de Saturno, previo paso por una central espacial de
escalofriante vanguardia. Desde esa central se controlan, en el tiempo de la
acción del filme, las operaciones de extracción de agua desde lo que queda de
la Tierra, operaciones que, aparentemente, son entorpecidas de forma constante
por algunos alienígenas supervivientes, conocidos como “carroñeros”.
Jack Harper (Tom Cruise) y su compañera Victoria (Andrea
Riseboroug) son los encargados, durante un turno, de controlar dichas
operaciones de extracción desde una estructura habitacional denominada “torre
49”. Ella no ve la hora que su misión finalice, para poder establecerse
definitivamente en Titán. Él… no está tan seguro. Lo acosan recuerdos de hechos
y personas que jamás conoció e, intuye, algo deben tener que ver con esa Tierra
que se ha transformado en una extraña para sus propios hijos.
Y esta sensación se verá incrementada cuando Jack encuentre
una cápsula espacial que contiene a la superviviente de una antigua misión
(Olga Kurylenko) en estado de “sueño delta”… y conozca en persona a los
carroñeros que, como todos sospechábamos, no son alienígenas sino humanos… los
verdaderos remanentes de una invasión que, comenzamos a sospecharlo, tal vez no
haya sido repelida realmente.
No cuento más del tema, vean la peli, está linda. Bien
narrada, con efectos especiales logrados y necesarios, sin derroche de medios
técnicos por el mero hecho de mostrar lo que la industria del cine puede hacer.
Más allá de la cuestión que al pobre de Tom nunca se le ha caído el estigma de
Maverick (lo vemos tripulando la versión futurista de un avión de combate, y
montado en la versión ídem de una moto), también está razonablemente bien
actuada.
Ahora sí, vayamos a lo nuestro.
Promediando la mitad de la película, escuchamos una voz familiar
espetándole al líder de los “carroñeros” (Morgan Freeman) no estar muy seguro
de la conveniencia de haber hecho contacto con Jack. Y ahí aparece nuestro
Sykes (Nikolaj Coster – Waldau), una especie de lugarteniente. Ese fue el
momento en que la Guivi se derritió, y Amiguita tuvo que usar la cuchara del
helado que se había tomado previo a la función, para juntar sus pedacitos.
Yo me temía que, como debía interpretar a un militar, lo
iban a rapar. Pero no, gracias al Cielo. Y gracias a que a los productores de
Juego de Tronos se les ocurrió que el Matarreyes tiene que seguir con melena.
Lo gracioso es que, para mantenerle el cabello a raya, le hacen un peinado que
me hizo acordar al que me hago para ir a trabajar. Ojalá encontrara foto…
Ponte más de perfil, Nico, que queremos verte el peinado... www.movies.yahoo.com
En fin, no hay mucho para decir del parco Sykes. Podríamos
usar la palabra “Badass” y estaría todo claro. Es un cabrón, desconfiado y
directo. Pero también es leal y confiable. Se preocupa por aquellos que tiene a
su cargo. Y, a pesar de lo poco desarrollado que está su personaje (muy poco
tiempo en pantalla, sí…) vemos cómo evoluciona desde sus recelos iniciales, y
cómo es capaz de admitir un error o una mala apreciación. Es decir, fue todo un
alivio ver, por una vez, a don Nico fichar en el bando correcto de entrada,
para variar…
Otra confesión: estuve toda la película esperando que lo
mataran. Porque estuvo siempre al borde. Y encima soy yeta, basta que me guste
un personaje para que se desate el síndrome de Sean Bean. Pero, por suerte,
esta vez rompí la racha.
Sí, lo repito. La peli vale la pena. Los cinco minutos de
don Nico valen la pena. Sus fanas vamos a concordar en que a Sykes vale la pena
hincarle el diente.
Qué aspecto de profe que tenías en la premiere, Nico... www.zimbio.com
Y no me quiero, no me puedo ir, sin dejarles esto. A lo
mejor ya lo vieron, pero yo lo descubrí ayer y casi tuve un infarto…
Cuando iba a la escuela secundaria – allá por inicios de los
’90 – a la mitad más uno de mis compañeras les gustaba Tom Cruise. A mí no. Por
ser contrera, supongo. O porque, en esa época, este muchacho se había hecho
famoso actuando en Top Gun, película
que yo no me bancaba pero de la cual una amiga muy querida era absolutamente
fanática. Y, ayer como ahora, he hecho un apostolado de esto que es acompañar
amigas a ver filmes por la simple razón que en ellos trabaja alguno de sus
chongos cinematográficos. Así que la peli del piloto “fachero” y piola la tuve
que ver reiteradas veces. Justamente yo, que considero los aviones de combate
una de las cosas más hermosas y tristes que haya ideado la Humanidad:
instrumentos bellísimos, pero creados con el único cometido de matar gente. Justamente
yo, repito, que hice protagonista de mi novela de ciencia ficción a un piloto
empeñado en destruir el supuesto glamour de las bases aeronáuticas poniendo de
relieve que no existe nada romántico en salir zumbando de la cama al son de una
alarma antiaérea, y meterse en una carlinga fría, cruzando los dedos para que
los dioses le permitan a uno volver a ver a sus hijos después de esa escaramuza…
En fin, al pobre de Tom recién le tomé respeto cuando lo vi
actuar en El último samurai. Ahí
pensé que, finalmente, se había puesto los pantalones largos y se había
recibido de actor.
Resulta ser que, ahora, se le está haciendo un montón de propaganda
porque acaba de estrenarse su última película, llamada Oblivion. Es una obra de ciencia ficción, así que, por sentado, me
interesa. Parece que va de un futuro postbélico, con la Tierra totalmente
transformada, y una población mermadísima a la cual le han hecho creer una
cierta versión de la historia… que, en el transcurso del filme, se va a revelar
como falsa…
Y bueno, pensarán ustedes… más allá que sea una de sci – fi,
¿qué le puede interesar esto a la Guivi para subirlo a su blog? ¿Acaso, a la
vejez viruelas, le encontró un lado más amable al ex – Maverick? No, señores…
además del obvio hecho que pertenece a mi género cinematográfico favorito, hay
otra importante y bellísima razón para que servidora arrastre al Santo Varón al
cine más cercano: un personaje llamado Sykes, que es interpretado por… ¡nuestro
amigo don Nico!
No me pongas esa cara de jodido, Nico, que me tienen que juntar con cucharita... www.locoxelcine.com
¡Con el pelo largo y la barba, a lo Matarreyes!
Absolutamente para el soponcio… hace meses que sabía de esto, pero con el
candombe relativo al estreno de la 3ra temporada de Juego de Tronos y la
desilusión con respecto a la Danza de Espadas, me había olvidado que estrenaba
el 9 de abril.